Que los cristianos de África en medio de conflictos políticoreligiosos, sepan dar testimonio de su amor y fe en Jesucristo.

[…] Podemos alabar a Dios por el testimonio auténtico de la muerte y resurrección de Jesús ofrecida por la Iglesia en Zimbabue, que floreció al inicio de la historia cristiana en África meridional. Vuestros predecesores en el episcopado, junto con sus sacerdotes, religiosos y colaboradores laicos —muchos de ellos misioneros procedentes de países lejanos— entregaron su vida para que la fe pudiera arraigarse y prosperar en vuestra tierra. En todo Zimbabue las estaciones misioneras han crecido hasta convertirse en parroquias y diócesis. La Iglesia ha llegado a ser indígena, un árbol joven y fuerte en el jardín del Señor, lleno de vida y de frutos abundantes. Generaciones de zimbabuenses —entre los cuales muchos líderes políticos— fueron educados en escuelas de la Iglesia. Durante muchos decenios hospitales católicos se hicieron cargo de los enfermos, ofreciendo curación física y psicológica. Muchas vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa surgieron de vuestra tierra, y estas vocaciones continúan. Por todas estas gracias, y a pesar de los numerosos desafíos, nuestra oración de acción de gracias se eleva al Señor como un sacrificio vespertino.

La Iglesia en vuestro país estuvo al lado de su gente tanto antes como después de la independencia, también en estos años de inmenso sufrimiento en los cuales millones de personas han dejado el país por la frustración y la desesperación, donde muchas vidas se han perdido y muchas lágrimas se han derramado. En el ejercicio de vuestro ministerio profético, habéis ofrecido una voz firme a todas las personas en dificultad en vuestro país, especialmente a los oprimidos y a los refugiados. Pienso en especial en vuestra Carta pastoral de 2007, Dios escucha el grito de los oprimidos: «El pueblo que sufre en Zimbabue está gimiendo en agonía: “centinela, ¿cuánto queda de la noche?”». En la misma habéis mostrado cómo la crisis es espiritual y al mismo tiempo moral, extendiéndose desde los tiempos coloniales al presente, y cómo las «estructuras de pecado» introducidas en el orden social están, en último término, radicadas en el pecado personal, exigiendo de todos una profunda conversión personal y un sentido moral renovado iluminado por el Evangelio.

Los cristianos están presentes en todos los ámbitos del conflicto en Zimbabue, y, por lo tanto, os exhorto a guiar a todos con gran ternura hacia la unidad y la sanación: se trata de un pueblo, tanto negro como blanco, algunos más ricos, pero en la gran mayoría más pobres, de numerosas tribus; los seguidores de Cristo pertenecen a todos los partidos políticos, algunos en posiciones de autoridad, muchos no. Pero juntos, como único pueblo peregrino de Dios, necesitan conversión y sanación para llegar a ser cada vez más plenamente «un solo cuerpo, un solo espíritu en Cristo» (cf. Ef 4, 4). Que a través de la predicación y las obras de apostolado, vuestras Iglesias locales puedan demostrar que la «reconciliación no es un acto aislado sino un largo proceso gracias al cual cada uno se ve restablecido en el amor, un amor que sana por la acción de la Palabra de Dios» (Africae munus, n. 34).

Mientras que la fidelidad de los zimbabuenses es ya un bálsamo sobre algunas de estas heridas nacionales, sé que muchas personas han superado los propios límites humanos y no saben a qué parte volcarse. En medio de todo esto, os pido que alentéis a los fieles a no perder nunca de vista los modos con los cuales Dios escucha sus súplicas y responde a sus oraciones, porque, como habéis escrito, no puede no escuchar el grito de los pobres. En este tiempo de Pascua, mientras la Iglesia en todo el mundo celebra la victoria de Cristo sobre el poder del pecado y la muerte, el Evangelio de la resurrección, cuya proclamación os ha sido encomendada, debe ser predicado y vivido de modo claro en Zimbabue. No olvidemos nunca la lección de la resurrección: «En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible. Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia» (Evangelii gaudium, n. 276).

Proclamad sin miedo este Evangelio de esperanza, llevando el mensaje del Señor a la incertidumbre de nuestro tiempo, predicando incansablemente el perdón y la misericordia de Dios. Seguid alentando a los fieles a renovar su encuentro personal con el Señor Resucitado y a volver a los sacramentos, especialmente a la Reconciliación y la Santa Eucaristía, fuente y culmen de nuestra vida cristiana. […]

DISCURSO A LOS OBISPOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE ZIMBABUE
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»
PADRE FRANCISCO
2 de junio de 2014

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COMENTARIO

La evangelización compete a todos los fieles cristianos

Como indicó claramente el Concilio Vaticano II, la obra de evangelización no está reservada al clero o a los religiosos, sino que compete a todos los fieles cristianos, que están llamados a proclamar el amor salvífico que han experimentado en el Señor Jesús (cf. Apostolicam actuositatem, 6). Aprecio los esfuerzos que habéis realizado para crear nuevas oportunidades con vistas a la formación catequística de los fieles y para salir al encuentro de los jóvenes, que se encuentran en ese momento decisivo de la vida en el que sienten el desafío de profundizar su relación con Cristo y con su Iglesia y en el que tratan de formar una familia propia. Frente a los numerosos desafíos de la sociedad contemporánea, entre los cuales una cultura cada vez más secularizada y cada vez con menos oportunidades de trabajo digno, es fundamental que hombres y mujeres laicos sabios y comprometidos guíen a los jóvenes para que disciernan la orientación que darán a su vida y garanticen su futuro. Para un enfoque catequístico más eficaz también es importante seguir identificando y preparando a líderes cualificados, a fin de ayudar a formar a los fieles y, de este modo, hacer presente «la fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal» (Evangelii gaudium, 169).

Queridos hermanos obispos, junto con los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los fieles laicos de vuestras Iglesias locales, estáis llamados a difundir esta fragancia de Cristo en Etiopía y Eritrea (cf. 2 Cor 2, 14). Muchos años de conflicto y de tensiones constantes, además de una pobreza difundida y condiciones de sequía, han causado mucho sufrimiento a la gente. Os agradezco los generosos programas sociales que, inspirados en el Evangelio, ofrecéis en colaboración con las distintas instituciones religiosas, caritativas y gubernativas, destinados a aliviar dicho sufrimiento. En particular, pienso en los numerosos niños a los que asistís, los cuales sufren hambre y han quedado huérfanos a causa de la violencia y la pobreza. También pienso en los jóvenes que, de lo contrario, como muchos de sus amigos y familiares, querrían escapar de su país en busca de mayores oportunidades y corren el riesgo de perder la vida en viajes peligrosos. Y, naturalmente, siempre debemos recordar a los numerosos ancianos que, en medio de tantas dificultades, podrían ser así fácilmente olvidados. Vuestros esfuerzos por ellos, que dan un testimonio muy grande del amor de Dios entre vosotros, son una gracia extraordinaria para la gente. Que en vuestra amorosa preocupación por los pobres y los oprimidos sigáis buscando nuevas oportunidades para cooperar con las autoridades civiles en la promoción del bien común.

DISCURSO A LOS OBISPOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE ETIOPÍA Y ERITREA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»
PADRE FRANCISCO
9 de mayo de 2014

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