Para que los cristianos, participando en los Sacramentos y meditando la Sagrada Escritura lleguen a ser siempre mas conscientes de su misión evangelizadora.

20. En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de «salida» que Dios quiere provocar en los creyentes. Abraham aceptó el llamado a salir hacia una tierra nueva (cf. Gn 12,1-3). Moisés escuchó el llamado de Dios: «Ve, yo te envío» (Ex 3,10), e hizo salir al pueblo hacia la tierra de la promesa (cf. Ex 3,17). A Jeremías le dijo: «Adondequiera que yo te envíe irás» (Jr 1,7). Hoy, en este «id» de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva «salida» misionera. Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio. 21. La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera. La experimentan los setenta y dos discípulos, que regresan de la misión llenos de gozo (cf. Lc 10,17). La vive Jesús, que se estremece de gozo en el Espíritu Santo y alaba al Padre porque su revelación alcanza a los pobres y pequeñitos (cf. Lc 10,21). La sienten llenos de admiración los primeros que se convierten al escuchar predicar a los Apóstoles «cada uno en su propia lengua» (Hch 2,6) en Pentecostés. Esa alegría es un signo de que el Evangelio ha sido anunciado y está dando fruto. Pero siempre tiene la dinámica del éxodo y del don, del salir de sí, del caminar y sembrar siempre de nuevo, siempre más allá. El Señor dice: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido» (Mc 1,38). Cuando está sembrada la semilla en un lugar, ya no se detiene para explicar mejor o para hacer más signos allí, sino que el Espíritu lo mueve a salir hacia otros pueblos. 22. La Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir. El Evangelio habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el agricultor duerme (cf.Mc 4,26- 29). La Iglesia debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas. 23. La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión «esencialmente se configura como comunión misionera».[20] Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie. Así se lo anuncia el ángel a los pastores de Belén: «No temáis, porque os traigo una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo» (Lc 2,10). El Apocalipsis se refiere a «una Buena Noticia, la eterna, la que él debía anunciar a los habitantes de la tierra, a toda nación, familia, lengua y pueblo» (Ap 14,6). Primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar 24. La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. «Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear! Como consecuencia, la Iglesia sabe «involucrarse». Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz. Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a «acompañar». Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites. Fiel al don del Señor, también sabe «fructificar». La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora. Por último, la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe «festejar». Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo.

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA EVANGELII GAUDIUM
FRANCISCO
24 de noviembre de 2013

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COMENTARIO

«La Iglesia no es una niñera»

Comentando la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (8, 1-8), el Papa recordó que
«después del martirio de Esteban, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de
Jerusalén»; «la Iglesia gozaba de tranquilidad y paz, vivían la caridad entre ellos, las viudas eran
atendidas. Pero luego llega la persecución. Esto es en cierto sentido el estilo de la vida de la Iglesia:
entre la paz de la caridad y la persecución». Y sucede esto porque, como explicó el Santo Padre, así
fue la vida de Jesús. A causa de la persecución todos huyeron excepto los Apóstoles. Los cristianos,
en cambio, «se marcharon. Solos. Sin sacerdote. Sin obispos: solos. Los obispos, los Apóstoles,
estaban en Jerusalén tratando de hacer resistencia a estas persecuciones». Sin embargo, los que
habían huido «se movieron de un lugar a otro, anunciando la Palabra». Suscitaban curiosidad:
«Pero… ¿quiénes son estos?». Y ellos lo decían: «Hemos conocido a Jesús, hemos encontrado a
Jesús, y lo anunciamos». «Tenían sólo la fuerza del bautismo —observó el Santo Padre—. Y el
bautismo les daba la valentía apostólica, la fuerza del Espíritu».
La reflexión del Papa se centró entonces en el presente, porque con demasiada frecuencia la gracia
del bautismo se deja un poco de lado. «A veces pensamos: “No, nosotros somos cristianos: hemos
recibido el bautismo, la confirmación, la primera comunión… y así el documento de identidad está
en orden. Y ahora, dormimos tranquilos: somos cristianos”. Pero, ¿dónde está esa fuerza del Espíritu
que te lleva adelante?», se preguntó el Papa. «¿Somos fieles al Espíritu para anunciar a Jesús con
nuestra vida, con nuestro testimonio y con nuestras palabras? Cuando hacemos esto, la Iglesia se
convierte en una Iglesia Madre que genera hijos», hijos de la Iglesia que testimonian a Jesús. «Pero
—fue la alerta del Papa— cuando no lo hacemos, la Iglesia no se convierte en madre, sino en Iglesia
baby-sitter, que cuida al niño para que duerma. Es una Iglesia amodorrada. Pensemos en nuestro
bautismo, en la responsabilidad de nuestro bautismo».

MISAS MATUTINAS
PADRE FRANCISCO
17 de abril de 2013

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