Para que en todos los países del mundo las mujeres sean honradas y respetadas y sea valorizado su imprescindible aporte social.

[…] Doy gracias con vosotras al Señor por todo el bien que el Centro italiano femenino ha realizado durante sus casi setenta años de vida, por las obras que ha llevado a cabo en el campo de la formación y promoción humana, y por el testimonio que ha dado sobre el papel de la mujer en la sociedad y en la comunidad eclesial. En efecto, en el curso de estos últimos decenios, junto a otras transformaciones culturales y sociales, también la identidad y el papel de la mujer, en la familia, en la sociedad y en la Iglesia, ha conocido notables cambios y, en general, la participación y la responsabilidad de las mujeres ha ido creciendo.

En este proceso ha sido y es importante también el discernimiento por parte del Magisterio de los Papas. De modo especial se debe mencionar la carta apostólica Mulieris dignitatem de 1988, del beato Juan Pablo II, sobre la dignidad y vocación de la mujer, documento que, en línea con la enseñanza del Vaticano II, ha reconocido la fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual (cf. n. 30); y recordamos también el mensaje para la jornada mundial de la paz de 1995 sobre el tema «La mujer: educadora para la paz».

He recordado la indispensable aportación de la mujer en la sociedad, en particular con su sensibilidad e intuición hacia el otro, el débil y el indefenso. Me alegra ver cómo muchas mujeres comparten responsabilidades pastorales con los sacerdotes, en el acompañamiento de personas, familias y grupos, así como en la reflexión teológica; y desea que se amplíen los espacios para una presencia femenina más amplia e incisiva en la Iglesia (cf. Exhort. ap.Evangelii gaudium, 103).

Estos nuevos espacios y responsabilidades que se han abierto, y que deseo vivamente se puedan extender ulteriormente a la presencia y a la actividad de las mujeres, tanto en el ámbito eclesial como en el civil y profesional, no pueden hacer olvidar el papel insustituible de la mujer en la familia. Los dotes de delicadeza, peculiar sensibilidad y ternura, que abundantemente tiene el alma femenina, representan no sólo una genuina fuerza para la vida de las familias, para la irradiación de un clima de serenidad y de armonía, sino una realidad sin la cual la vocación humana sería irrealizable. Esto es importante. Sin estas actitudes, sin estos dotes de la mujer, la vocación humana no puede realizarse.

Si en el mundo del trabajo y en la esfera pública es importante la aportación más incisiva del genio femenino, tal aportación permanece imprescindible en el ámbito de la familia, que para nosotros cristianos no es sencillamente un lugar privado, sino la «Iglesia doméstica», cuya salud y prosperidad es condición para la salud y prosperidad de la Iglesia y de la sociedad misma. Pensemos en la Virgen: la Virgen en la Iglesia crea algo que no pueden crear los sacerdotes, los obispos y los Papas. Es ella el auténtico genio femenino. Y pensemos en la Virgen en las familias. ¿Qué hace la Virgen en una familia? Por lo tanto la presencia de la mujer en el ámbito doméstico se revela como nunca necesaria para la transmisión a las generaciones futuras de sólidos principios morales y para la transmisión misma de la fe.

En este punto surge espontáneamente preguntarse: ¿cómo es posible crecer en la presencia eficaz en tantos ámbitos de la esfera pública, en el mundo del trabajo y en los lugares donde se toman las decisiones más importantes y, al mismo tiempo, mantener una presencia y una atención preferencial y del todo especial en y para la familia? Y aquí está el ámbito del discernimiento que, además de la reflexión sobre la realidad de la mujer en la sociedad, presupone la oración asidua y perseverante.

Es en el diálogo con Dios, iluminado por su Palabra, regado por la gracia de los Sacramentos, donde la mujer cristiana busca siempre responder nuevamente a la llamada del Señor, en lo concreto de su condición.

La presencia maternal de María sostiene siempre esta oración. Ella, que cuidó a su Hijo divino, que propició su primer milagro en las bodas de Caná, que estaba presente en el Calvario y en Pentecostés, os indique el camino que hay que recorrer para profundizar el significado y el papel de la mujer en la sociedad y para ser plenamente fieles al Señor Jesucristo y a vuestra misión en el mundo. Gracias.

DISCURSO A LAS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO NACIONAL
DEL CENTRO ITALIANO FEMENINO
PADRE FRANCISCO
25 de enero de 2014

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COMENTARIO

Las mujeres y su imprescindible aporte social

Comparto con vosotros, si bien brevemente, el importante tema que habéis afrontado en estos días: la vocación y misión de la mujer en nuestro tiempo. Os agradezco vuestra aportación. La ocasión ha sido el 25° aniversario de la carta apostólica Mulieris dignitatem del Papa Juan Pablo II: un documento histórico, el primero del Magisterio pontificio dedicado totalmente al tema de la mujer. Habéis profundizado en especial ese punto donde se dice que Dios confía de modo especial el hombre, el ser humano, a la mujer (cf. n. 30).

¿Qué significa este «confiar especialmente», especial custodia del ser humano a la mujer? Me parece evidente que mi Predecesor se refiere a la maternidad. Muchas cosas pueden cambiar y han cambiado en la evolución cultural y social, pero permanece el hecho de que es la mujer quien concibe, lleva en el seno y da a luz a los hijos de los hombres. Esto no es sencillamente un dato biológico, sino que comporta una riqueza de implicaciones tanto para la mujer misma, por su modo de ser, como para sus relaciones, por el modo de situarse ante la vida humana y la vida en general. Llamando a la mujer a la maternidad, Dios le ha confiado de manera muy especial el ser humano.

Aquí, sin embargo, hay dos peligros siempre presentes, dos extremos opuestos que afligen a la mujer y a su vocación. El primero es reducir la maternidad a un papel social, a una tarea, incluso noble, pero que de hecho desplaza a la mujer con sus potencialidades, no la valora plenamente en la construcción de la comunidad. Esto tanto en ámbito civil como en ámbito eclesial. Y, como reacción a esto, existe otro peligro, en sentido opuesto, el de promover una especie de emancipación que, para ocupar los espacios sustraídos al ámbito masculino, abandona lo femenino con los rasgos preciosos que lo caracterizan. Aquí desearía subrayar cómo la mujer tiene una sensibilidad especial para las «cosas de Dios», sobre todo en ayudarnos a comprender la misericordia, la ternura y el amor que Dios tiene por nosotros. A mí me gusta incluso pensar que la Iglesia no es «el» Iglesia, es «la» Iglesia. La Iglesia es mujer, es madre, y esto es hermoso. Debéis pensar y profundizar en esto.

[…] También en la Iglesia es importante preguntarse: ¿qué presencia tiene la mujer? Sufro —digo la verdad— cuando veo en la Iglesia o en algunas organizaciones eclesiales que el papel de servicio —que todos nosotros tenemos y debemos tener— que el papel de servicio de la mujer se desliza hacia un papel de servidumbre. No sé si se dice así en italiano. ¿Me comprendéis? Servicio. Cuando veo mujeres que hacen cosas de servidumbre, es que no se entiende bien lo que debe hacer una mujer. ¿Qué presencia tiene la mujer en la Iglesia? ¿Puede ser mayormente valorada? Es una realidad que me interesa especialmente y por esto he querido encontraros —contra el reglamento, porque no está previsto un encuentro de este tipo— y bendecir vuestro compromiso. […]

DISCURSO A LOS PARTICIPANTES EN EL SEMINARIO ORGANIZADO
POR EL CONSEJO PONTIFICIO PARA LOS LAICOS
CON OCASIÓN DEL XXV ANIVERSARIO DE LA «MULIERIS DIGNITATEM»
PADRE FRANCISCO
12 de octubre de 2013

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