PARA QUE SEA ERRADICADA LA TRATA DE PERSONAS, FORMA MODERNA DE ESCLAVITUD.

Discurso a un grupo de nuevos embajadores con motivo de la presentación de sus cartas credenciales

Hoy deseo afrontar con vosotros una cuestión que me preocupa mucho y que amenaza actualmente la dignidad de las personas: es la trata de personas. Es una verdadera forma de esclavitud, lamentablemente cada vez más difundida, que atañe a cada país, incluso a los más desarrollados, y que afecta a las personas más vulnerables de la sociedad: las mujeres y las muchachas, los niños y las niñas, los discapacitados, los más pobres, a quien proviene de situaciones de disgregación familiar y social. En ellos, de modo especial nosotros cristianos, reconocemos el rostro de Jesucristo, quien se identificó con los más pequeños y necesitados. Otros, que no se remiten a una fe religiosa, en nombre de la humanidad común comparten la compasión por su sufrimiento, con el compromiso de liberarles y de aliviar sus heridas. Juntos podemos y debemos comprometernos para que sean liberados y se pueda poner fin a este horrible comercio. Se habla de millones de víctimas del trabajo forzoso, trabajo esclavo, de la trata de personas con el fin de la mano de obra y la explotación sexual. Todo esto no puede continuar: constituye una grave violación de los derechos humanos de las víctimas y una ofensa a su dignidad, además de un desafío para la comunidad mundial. Quienes tienen buena voluntad, quienes se profesan religiosos o no, no pueden permitir que estas mujeres, estos hombres, estos niños sean tratados como objetos, engañados, violentados, con frecuencia vendidos más de una vez, para fines diversos, y al final asesinados o, de cualquier modo, arruinados física y mentalmente, para acabar descartados y abandonados. Es una vergüenza.

La trata de personas es un crimen contra la humanidad. Debemos unir las fuerzas para liberar a las víctimas y para detener este crimen cada vez más agresivo, que amenaza, además de las personas, los valores fundamentales de la sociedad y también la seguridad y la justicia internacionales, además de la economía, el tejido familiar y la vida social misma.

Sin embargo, es necesaria una toma de responsabilidad común y una más firme voluntad política para lograr vencer en este frente. Responsabilidad hacia quienes cayeron víctimas de la trata, para tutelar sus derechos, para asegurar su incolumidad y la de sus familiares, para impedir que los corruptos y criminales se sustraigan a la justicia y tengan la última palabra sobre las personas. Una adecuada intervención legislativa en los países de proveniencia, en los países de tránsito y en los países de llegada, también en orden a facilitar la regularidad de las migraciones, puede reducir el problema.

Los gobiernos y la comunidad internacional, a quien compete en primer lugar prevenir e impedir tal fenómeno, no han dejado de adoptar medidas a varios niveles para detenerlo y para proteger y asistir a las víctimas de este crimen, no raramente vinculado al comercio de las drogas, de las armas, al transporte de emigrantes irregulares, a la mafia. Lamentablemente, no podemos negar que tal vez se han contagiado con todo ello incluso agentes públicos y miembros de contingentes comprometidos en misiones de paz. Pero para obtener buenos resultados es necesario que la acción de contraste incida también a nivel cultural y de comunicación. A este nivel es necesario un profundo examen de conciencia: ¿cuántas veces, en efecto, toleramos que un ser humano sea considerado como un objeto, expuesto para vender un producto o para satisfacer deseos inmorales? La persona humana nunca se debería ni vender ni comprar como una mercancía. Quien la usa y la explota, incluso indirectamente, se hace cómplice de este abuso.

Señora y señores, quise compartir con vosotros estas reflexiones acerca de una plaga social de nuestro tiempo, porque creo en el valor y en la fuerza de un compromiso concertado para combatirla. Exhorto, por lo tanto, a la comunidad internacional a hacer aún más concorde y eficaz la estrategia contra la trata de personas, para que, en todas las partes del mundo, los hombres y las mujeres no sean jamás usados como medios, sino que sean respetados siempre en su dignidad inviolable.

FRANCISCO
12 de diciembre de 2013

© Copyright 2013 – Libreria Editrice Vaticana

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COMENTARIO

“El Papa Francisco ha dicho que la trata de personas es una «¡vil actividad, una vergüenza para nuestras sociedades que se dicen civilizadas! Explotadores y clientes a todos los niveles deberían hacer un serio examen de conciencia delante de sí mismos y delante de Dios». Por eso, ha añadido, «la Iglesia renueva hoy su fuerte llamamiento para que siempre sean tuteladas la dignidad y la centralidad de cada persona, en el respeto de los derechos fundamentales». (Audiencia a los participantes en la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Pastoral para los Inmigrantes y los Itinerantes, 24 mayo de 2013).

¿Por qué al Papa le preocupa tanto el tema de la trata de personas? ¿Por qué ha hablado de ello en numerosas ocasiones y usa expresiones tan fuertes, llamándolo “un crimen contra la humanidad”, “una plaga social de nuestro tiempo”, además de las elocuentes citas que leemos en esta sección de nuestra revista?

Razones no le faltan. Las cifras de esta esclavitud moderna son escalofriantes:

  • Según el informe anual del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre el tráfico de personas (“Trafficking in persons report” TIP, 2012) los adultos y niños sometidos a trabajos o prostitución forzada son en el mundo unas 20,9 millones de personas.
  • Mueve alrededor de 32 mil millones de dólares al año, las mismas cifras que en el tráfico de armas.
  • El 98% de las víctimas del tráfico sexual son mujeres y niñas.

¿Qué es el tráfico humano, llamado también trata de personas?

La trata de personas es «la acción de captar, transportar, trasladar, acoger o recibir personas, recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza u otras formas de coacción, al rapto, al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o a la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra con fines de explotación» (definición de las Naciones Unidas, Convención de Palermo).

Hay tres tipos de tráfico de personas:

  • Para explotación sexual (79%)
  • Para labores forzados (18%)
  • Para extracción de órganos (3%)

Un testimonio, de entre miles que se podrían citar:

Su nombre es Krina, tiene 24 años y muchos sueños, aunque su rostro está curtido por el sufrimiento. Es rumana, de una familia marginal. Apenas fue al colegio porque tenía que trabajar. La casaron a los 14 y el matrimonio fracasó. Después, con otra pareja, se adentró en el infierno de los malos tratos y se acostumbró a ser humillada y vejada. ¿Qué podía esperar de la vida? Un día, siendo aún menor, un hombre se le acercó ofreciéndole trabajo en el extranjero. Ella aceptó para escapar. Durante 5 años fue vendida y comprada por comerciantes de mujeres. Su cuerpo tiene aún las marcas de los intentos de fuga y de suicidio.

El Papa nos llama a comprometernos en la lucha por erradicar este mal y ayudar a restablecer la dignidad de quienes han sido violentamente despojados de su derecho a la felicidad.

¿Qué podemos hacer para contrarrestar el tráfico de personas? Tres cosas.

  • Ayudar a crear conciencia del hecho, educar a la sociedad, hablar del tema, en especial a personal de salud y a la policía.
  • Acoger, proteger y acompañar a las víctimas, si tenemos la ocasión.
  • Advocacy: influir en la sociedad para cambiar y hacer cumplir las leyes.

El Apostolado de la Oración se compromete con el Papa para trabajar junto a él en sintonía con esta gran preocupación de su corazón.

Claudio Barriga, sj
Anterior Director General Delegado del AO / MEJ en Roma