Venezuela, RMOP

Director Nacional - P. ALVARO LACASTA, S.J.

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EL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

LA FIESTA DEL CORPUS
La celebración tradicional de esta Fiesta se ha centrado en la "Presencia real de Cristo en el pan y en el vino", llevando, como punto máximo de la celebración, a la adoración del Santísimo Sacramento, su exposición pública, la procesión en la custodia... Estas manifestaciones han oscurecido notablemente el centro del mensaje, desplazando la celebración de la Eucaristía hacia una adoración del dios oculto, misteriosamente presente en el pan (el vino ha sido completamente desplazado en la fiesta tradicional).

En nuestro comentario a los textos y nuestra reflexión sobre los mismos vamos a prescindir de este sentido tradicional, para centrarnos en lo que los mismos textos sugieren, y en una reflexión preferente sobre la eucaristía.
T E X T O S
DEL LIBRO DEL GÉNESIS (14:18 20)
Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino. Era sacerdote del Dios Altísimo, y bendijo a Abrahán diciendo: "¡Bendito sea Abrahán de parte del Dios Altísimo, que creó el cielo y la tierra y bendito sea el Dios Altísimo, que ha entregado a tus enemigos a tus manos!". Y Abrahán le dio el diezmo de todo.

DE LA PRIMERA CARTA DE PABLO A LOS CORINTIOS (11:23 26)
Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros: Haced esto en memoria mía". Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre: Haced esto, cada vez que lo bebáis, en memoria mía" Por eso, cada vez que coméis este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

DEL EVANGELIO DE LUCAS (9; 11-17)
Jesús, tomándolos consigo, se retiró aparte, hacia una ciudad llamada Betsaida. Pero las gentes lo supieron, y le siguieron; y él, acogiéndolas, les hablaba acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados. Pero caía la tarde, y los Doce se acercaron a decirle: - Despide a la gente, que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado. Él les contestó: - Dadles vosotros de comer. Ellos contestaron: - No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comparar para todo este gentío. (Porque eran unos cinco mil hombres). Jesús dijo a sus discípulos:- Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta. Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos.

TEMAS Y CONTEXTOS
EL TEXTO DEL GÉNESIS
Este texto presenta una antiquísima tradición. Melquisedec, Rey-Sacerdote de Salem (la primitiva Jerusalén, aún ciudad cananea), reconoce la acción de Dios en Abrahán. Y Abrahán reconoce la acción de Dios en este sacerdote cananeo. El signo del sacerdote es la presentación del pan y del vino. Abrahán por su parte le ofrece el diezmo. Son "antecedentes lejanísimos" que la iglesia gusta de utilizar en su "ambientación" de la Eucaristía, aunque a nosotros nos resultan demasiado lejanos.

EL TEXTO DE LA CARTA A LOS CORINTIOS
Esta carta de Pablo se escribe entre los años 54 y 57. Con esto queda claro que nos encontramos ante el relato más antiguo sobre la celebración de la eucaristía. La ocasión la dan las dificultades de la iglesia de Corinto, y su deficiente celebración de la Cena del Señor. La celebración se hacía en casas particulares, al terminar la cena normal.
Cada uno llevaba sus alimentos, y se producían fuertes diferencias entre los ricos y los pobres, los que tenían mucho y los que tenían poco. Pablo, en primer lugar, devuelve el sentido de la celebración:
• Una tradición de la Iglesia que procede del mismo Señor.
• "En la noche en que iba a ser entregado": El pan y el vino son signos de la entrega hasta la muerte, ya próxima.
• El "memorial". No es sólo un recuerdo. Es la presencia de Jesús, en los mismos signos que Él quiso.
• "Hasta que vuelva". Es el alimento para el camino, y el anuncio de la Libertad definitiva, en el Banquete del Reino.
• Después, Pablo saca las consecuencias de cómo debe celebrarse la eucaristía, y la aprovecha para hablar de la unidad de todo el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y de los carismas de cada uno, para terminar con el Carisma Supremo, el amor.
El texto nos introduce, por tanto, en la esencia de la eucaristía, tal como se nos ha transmitido desde la primera generación de cristianos, tal como se celebraba cuando aún estaban vivos los testigos de la Última Cena.

EL TEXTO DE LUCAS
Se incluye en un contexto cuyo tema general es la pregunta fundamental: "¿Quién soy Yo?". En los versos inmediatamente anteriores se dice: "Unos decían que era Juan resucitado de la muerte; otros, que era Elías aparecido; otros, que había surgido un profeta de los antiguos”. Herodes comentaba: 'A Juan, yo le hice degollar, ¿quién será éste de quien oigo tales cosas?'" Jesús sigue predicando a la gente y muestra, en este signo, quién es Él. El párrafo siguiente contiene la pregunta de Jesús a los discípulos, "¿Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?", y la profesión de Pedro, "Tú eres el Mesías de Dios". Inmediatamente después, Jesús predice su muerte y resurrección, y, dando sentido a todo, el relato de la Transfiguración, que manifiesta a Jesús como "el que ha de venir", el que anunciaron los profetas (Elías y Moisés), el Hijo.

La multiplicación de los panes y los peces tiene por tanto el sentido de anunciar en un signo evidente la presencia del Reino en Plenitud. Como El Señor dio de comer a su pueblo en el desierto (el maná, las codornices), como los profetas antiguos multiplicaron la harina y el aceite (Elías, Eliseo), Jesús se presenta como alimento abundante, como plenitud. Este texto, complejo y discutido, nos lleva a algunas consideraciones para entenderlo mejor.

1. La multiplicación de los panes es el único milagro que se narra en los cuatro evangelios.
2. Mateo y Marcos hablan de dos multiplicaciones de panes y peces. Todos los autores van estando de acuerdo en que se trata de dos relatos del mismo hecho.

3. Parece que Juan maneja fuentes propias, parecidas a los sinópticos, pero diferentes.
4. Como en todas las narraciones de "Milagros", nuestro sentir actual se resiste. El Milagro nos produce más resistencia que fe. Sin embargo, todos los estudios serios coinciden en reconocer que ésta no es una narración fingida por las primeras comunidades como vehículo de una catequesis, sino que tiene una raíz histórica indudable. En un lugar deshabitado, Jesús dio de comer a mucha gente con unos pocos panes y peces.

5. Los evangelistas presentan este suceso como un "hecho mesiánico", en varios sentidos. En sí mismo, y en paralelo con los relatos de otros milagros, como manifestación de la "presencia del Reino": Ya está aquí la promesa.
En sí mismo. En este sentido parece haber sido entendido el signo por los presentes, hasta el punto de querer hacer Rey a Jesús. Esto provoca la huida de Jesús, la posterior controversia en Cafarnaúm, la promesa del Pan de Vida, y el abandono de la gente desilusionada por este nuevo Mesías no político, que termina en la frase de Jesús a los discípulos "¿También vosotros os queréis ir?"
En paralelo claro con otros relatos bíblicos tales como el maná en el desierto, los panes de Eliseo, y bastantes otros, claramente aludidos por los narradores para "interpretar el signo" como abundancia, alimento de Dios en el desierto.

6. El sentido final de estos textos lo da el evangelio de Juan, que lo incluye en la gran catequesis del capítulo sexto acerca del pan de vida. Se ha interpretado este texto como una catequesis eucarística, pero debe entenderse más correctamente. Como indicábamos en la fiesta del Jueves Santo, la interpretación habitual se fija en que “este pan es Jesús”, pero el sentido original es más sencillo y más fuerte: “Jesús es pan”.
“Este pan es Jesús” conduce a una filosofía de la presencia de Cristo en las especies sacramentales, que lleva finalmente a la adoración.
“Jesús es pan” lleva a una definición básica de Jesús, entregado hasta dar la vida para ser alimento de muchos. Esto lleva a identificarse con Él y hacer de nuestra vida una entrega como la suya.

Pero el pasaje entero sirve para negar el mesianismo tradicional. Los signos que usa Jesús son importantes fijándonos sobre todo en los que no usa: Jesús se está manifestando como el Enviado de Dios; pero no usa como signo el legado poderoso, los atributos regios, los resplandores, las armas, los tronos, los vestidos: usa como signo el pan. Todas las religiones, Antiguo Testamento incluido, están dispuestos a reconocer a Dios en un templo suntuoso, en unos ornamentos espectaculares, en vasos sagrados de oro … Pero a Jesús no se le reconoce ahí. Se reconoce a Dios en el pan, en el vino. Granos y espigas machacados para alimentar. Apenas podemos darnos cuenta, con nuestras mentes embotadas de tanta religión filosófica, de la trascendencia de ese cambio. La multiplicación de los panes, las bodas de Caná, las palabras de la última cena, transmiten el mismo mensaje: alimentarse de Jesús, vivir en la abundancia de la Palabra, en la plenitud, comulgar con su entrega, comulgar con los hermanos, formar una comunidad que se siembre hasta desaparecer, para que haya vida.

REFLEXIÓN
JESÚS SE VIO COMO PAN. - Tomen, coman y beban: mi cuerpo es pan, mi sangre es vino.
Los ojos son un maravilloso instrumento, un prodigio de técnica asombroso… pero no son más que eso.
Nos permiten captar la superficie de las cosas, la materia. Los ojos de Jesús eran capaces de leer las cosas hasta el fondo. Los ojos de Jesús le permitían ver a su Padre en todas las cosas, en la semilla, en el pastor, en la levadura, en los administradores, en la sal… en todo. Los ojos de Jesús entendían el mensaje de las cosas, leían La Palabra en todo lo que veían.

Jesús, desde pequeño, admiraba el milagro del pan y del vino. Sabía su historia: los minúsculos granos de trigo tirados en tierra, desaparecidos, muertos – la sorpresa del pequeño brote verde, tan tímido – el prodigio de la espiga, esbelta y frágil, que va amarilleando al sol – la abundancia contenida, apretada, de las docenas de pequeños granos, hijo renacidos del viejo grano muerto y enterrado – el molino implacable, que parece matar sin piedad a los granos indefensos – la harina, la flor de harina tan pura que podía presentarse como ofrenda al Señor – y el milagro del pan.
Jesús niño veía a su madre amasar, poner en la masa un pellizco de la del día anterior, dejar que reposara. Jesús niño llevaría la masa ya fermentada al horno común - ¿esperaría un poco o se iría a jugar, o a echarle una mano a José …? – y volvería a casa cantando, con la hogaza abrazada para sentir su calor, embriagado de su aroma, reprimiendo las ganas de darle un pellizco en el camino, cuesta arriba, de su casa empotrada en la roca. El milagro del pan, nacido de la muerte del grano de trigo. Nacido para morir y dar vida.

Partir el pan y repartirlo al empezar la comida… Esto lo haría José, bendiciendo al Señor por el don tan precioso. Y Jesús, con su trozo de hogaza en la mano, pensaba sin duda en el grano desaparecido meses antes en la tierra, multiplicado por la fuerza sagrada de su propia alma vegetal, por el poder y la sabiduría del Padre de los Cielos, que ahora, con el primer mordisco, iba a desaparecer para siempre y transformarse en su propio cuerpo

En Nazaret había viñedos. Cuidar las cepas, podarlas, quitarles los parásitos… esperar al otoño, que la vendimia es la última de las recolecciones. Y la fiesta. La vendimia ha sido siempre en todas partes tiempo de fiesta. Arrancar los racimos, como mutilando a las vides generosas, acarrearlos al lagar. Los ojos de Jesús se llenaron muchas veces de la imagen de los granos oscuros pisoteados, sangrantes, aplastados por los pies de todos, los suyos propios también sin duda, y de su sangre oscura derramada, embriagadora.
Y echar un trago para quitar la sed, para entonarse un poco, brindar con los amigos para estrechar la amistad, para celebrar mejor la fiesta… Jesús asistía a bodas, como todo el mundo. Y no hay boda sin fiesta, y no hay fiesta sin vino. La copa pasaba de mano en mano, en gesto de comunión en la alegría. Cuando los ojos de Jesús se asomaban al borde de la copa, adelantando a sus labios, veía en el rojo espejo del vino la historia de aquella sangre de los granos de uva, arrancados a su madre la vid, que dentro de nada se juntarían a su propia sangre para hacerla caliente y generosa, encendida y festiva como el vino mismo.

Jesús se comprendió en el pan, se comprendió en el vino. Sembrarse, madurar escondido y en silencio, sumergirse hasta el fondo de la madre tierra y de sus hijos los hombres, las mujeres, los niños, los enfermos… que son tierra fecunda, masa blanda, jugo lleno de vida quizá por fermentar. Ser para otros alimento y alegría. Desaparecer en los otros, fundido en lo más íntimo del ser ajeno, alentando, dando calor y fuerza desde dentro.

No sabemos cuándo ni cómo supo Jesús que para eso estaba en el mundo: para sembrarse, para morir en el invierno bajo tierra, para ser pisado y estrujado hasta que no quedase de él más que un pellejo sin nada que exprimir. No sabemos cuándo ni cómo, pero sabemos que se sentía así cuando decía de sí mismo que era un pan que el Padre daba para alimento de muchos, cuando devolvía la alegría a la fiesta de Caná regalando buen vino en abundancia.
Y unas horas antes de morir, en la cena que él sabía que iba a ser la última, Jesús se vio a sí mismo, encima de la mesa, en forma de pan, en forma de vino. Y lo dijo: ”mi cuerpo entregado es pan, mi sangre derramada es vino” . Era ya de noche, hablaron mucho rato. Jesús se puso al fin de pie y les dijo: “Levantaos, vámonos de aquí”. Y él sabía que iba al molino, al lagar, a ser machacado y estrujado para ser pan y vino de muchos. Y las palabras para el futuro: “haced esto en mi recuerdo”. “Esto” es compartir el pan y el vino en torno a la mesa, comulgar con Jesús y con todos los que comulgan con Jesús, formar un solo pan, un solo vino para alimento del mundo.

Los seguidores de Jesús hemos heredado su respeto por el pan. Nuestros abuelos nunca cortaban una hogaza sin haber hecho sobre ella, con el mismo cuchillo, la señal de la cruz. Y una vez al año, hoy, CORPUS CHRISTI, nos quedamos sobrecogidos en la contemplación del pan y del vino, y volvemos a ver en ellos el cuerpo molido y la sangre estrujada de Jesús, como Él mismo se vio, sobre la última mesa, en su última cena con sus amigos.

PARA RECITAR JUNTOS
Recitamos juntos palabras de Jesús, como un acto de fe, como una adhesión personal.

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda solo.
Pero si cae en tierra y muere da mucho fruto.

El que busca su vida, la echa a perder,
el que entrega su vida, la encuentra.

Yo soy un pan que da vida
el que come de este pan tiene vida eterna.

El que bebe de esta agua volverá a tener sed.
Pero el que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed,
pues el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en manantial de agua viva
que brota dando vida eterna.

Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos.

EL SACRIFICIO Y LA PRESENCIA REAL
La fiesta del Corpus se ha ido centrando, a lo largo del tiempo, en la adoración del Santísimo Sacramento, es decir, el reconocimiento y veneración del pan consagrado que ya no es pan sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Quizá sea oportuno hacer hoy algunas consideraciones sobre este tema. En él subyace una manera de entender y explicar la Eucaristía y el sacrificio de la Misa. Es frecuente, en terminología clásica, hablar de “el santo sacrificio de la Misa”. Más aún, la última instrucción vaticana (“Redemptionis Sacramentum”) sobre los abusos en la celebración eucarística insiste preferentemente sobre este aspecto.

Hay en la iglesia hoy dos tendencias en la interpretación de la eucaristía:
• La que la considera ante todo banquete, la cena del señor que sus discípulos siguen celebrando.
• La que la considera ante todo como sacrificio, renovación sacramental del sacrificio de Cristo.

La primera es ante todo una reunión fraternal, en la que la comunidad que sigue a Jesús se alimenta de la Palabra, de la Oración, del Perdón, y renueva su entrega al Reino comulgando con Jesús con los mismos signos que Él eligió.
La segunda ante todo es un rito celebrado por representantes de Cristo, que ofrecen de nuevo a Dios la víctima inmolada por los pecados.

La primera es la continuación histórica de “la fracción del pan”, llamada también “la cena del Señor” celebrada por las casas en las primeras comunidades, de la que tenemos constancia por los Hechos de Apóstoles y las Cartas de Pablo.
La segunda es una interpretación teológica, que hace de la celebración una renovación sacramental del sacrificio de Cristo en la cruz. – (Este modelo es el que tiene preferencia en la teología tradicional-tridentina, el que se detalla en el ritual, y el que se prefiere en la instrucción vaticana).

Sin embargo, no es más que una interpretación teológica, de la que se puede prescindir porque es elaboración humana. Se incluye en una serie de expresiones tenidas por dogmáticas, pero que sólo son modos más bien filosóficos o religiosos de explicar la fe. A esta serie pertenece la explicación de la Encarnación y la Divinidad de Cristo por medio de los conceptos de Naturaleza, Persona, Hipóstasis; la explicación de la Santísima Trinidad por medio de Substancia única y pluralidad de Personas; la explicación de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía por medio de los conceptos de Substancia y Accidentes, y otras varias. Conviene recordar que todas estas explicaciones son intentos de explicar lo que creemos, tomados por la Iglesia a lo largo de los tiempos de muchas fuentes, especialmente de sistemas filosóficos griegos. Pueden ser útiles y son venerables porque han servido a la Iglesia durante mucho tiempo; pero no son más que eso.

La interpretación de la muerte en cruz como Sacrificio es una manera judaica de interpretar y explicar la muerte de Cristo. Se toma como referente los sacrificios del Templo de Jerusalén, especialmente los sacrificios expiatorios, en que un animal es sacrificado en el altar por los pecados del pueblo. Se entiende así a Jesús como la Víctima por cuya muerte nuestros pecados son perdonados. Esta interpretación ha sido común en la Iglesia, y está constantemente presente en las expresiones del Misal Romano.

Sin embargo, para muchos creyentes, es bastante insatisfactoria, por varias razones:
**Porque parece que Dios exige cobrar para perdonar, y porque el precio que cobra – la muerte en cruz de su Hijo – es atroz. Parece que el salvador es el Hijo, mientras que el Padre es sólo el justo Juez, que exige que se paguen penas por los pecados cometidos.
**Porque parece que es la muerte de Jesús lo que salva, y no su vida entera.
**Porque parece que sustituye el antiguo templo y los antiguos ritos por un nuevo templo y unos nuevos ritos, cuando en los Evangelios y en los Hechos hay muy poco pie para esta interpretación.
**Porque esta interpretación ha llevado de hecho a una celebración en la que los fieles apenas hacen otra cosa que asistir a un rito celebrado por los sacerdotes, y aunque siempre se habla de participar, esto son casi sólo palabras, de manera que se llega a admitir que el sacerdote celebre a solas. (De paso, hay que recordar que en los Hechos no aparece la figura del sacerdote como “celebrador” de la eucaristía)
Todo esto exigiría una revisión teológica a fondo del concepto de “Redención”, que tiene todos los peligros que se han expuesto. En el fondo de estas cuestiones subyace otra, más importante. Que la Teología cristiana ha pasado del mundo vital/simbólico al mundo jurídico/conceptual. Lo indicamos con algunos ejemplos.

“Abbá” es una expresión de Jesús que manifiesta su actitud y sus sentimientos ante Dios. Se siente como un hijo ante sus estupendos padres, como se sentía ante José y María. Pero el Dios Padre de nuestro Credo y nuestra teología no es Abbá, cariñoso y cercano, sino el Creador Todopoderoso, lejano, trascendente y temible. Jesús no estaba definiendo teológicamente a Dios, sino expresando su relación con Él por medio de una comparación, un símbolo. De la misma manera, Jesús se siente hijo ante Abbá, pero la Teología ha convertido la filiación en una definición de la segunda persona de la trinidad. La misma transformación ha sufrido el Espíritu Santo.

El espíritu es el viento, el aliento vital. El espíritu, el viento, el aliento vital de Dios es la presencia activa de Dios en el mundo, en las personas, el que llama a la misión, el que inspira, el que da fortaleza. Es Dios alentando, suscitando, inspirando. Pero se ha convertido en la tercera persona de la Trinidad. Ha dejado de ser un símbolo de la presencia activa de Dios para convertirse en un concepto, una realidad distinta del Padre.

Y así “Creo en Dios Padre” significa “creo en la primera persona de la Santísima Trinidad, el Creador Todopoderoso, Legislador y Juez…” Mientras que debería significar: “Creo que el Creador Todopoderoso… es Abbá, mi mamá”.
Y así decimos que el Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”, pero no decimos: “creo que mi vida, y la vida de Jesús, están llenas del aliento de Dios, que inspira, alienta y fortalece”. Hemos transformado los símbolos en conceptos, y así hemos logrado que sean misterios sólo asequibles para los eminentes teólogos … y que resulten poco menos que estériles para la espiritualidad de la gente normal.

La interpretación de la muerte de Jesús como sacrifico es una imagen tomada de los sacrificios del Antiguo Testamento. Y es una imagen, sólo una imagen. Pero ha sido transformada: la imagen sustituye a la realidad y se convierte ella misma en realidad. Con ello, la esencia de la muerte en cruz no está en la entrega de Jesús a su misión, su consecuencia y su valor que le hacen llegar hasta el final, sino la eterna disposición de Dios que lo elige como víctima y se vale de la maldad de unas personas para que se consume un misterioso sacrificio. La salvación se convierte en algo jurídico, un decreto de perdón emitido por el Juez declarando pagadas las culpas. Buena parte de la teología tradicional escolástica y postridentina interpreta los símbolos como conceptos, habla del perdón en términos jurídicos, aplica nociones del Antiguo Testamento para entender a Jesús … Y a muchas personas no nos gusta.

La muerte de Cristo como sacrificio de una víctima para conseguir el perdón de Dios nos parece una imagen desafortunada. Y en consecuencia, la interpretación de la Eucaristía como renovación de ese sacrificio no nos parece la manera más adecuada de entenderla. Semejantes consideraciones son aplicables a la presencia “real” de Cristo en el pan eucarístico. Nunca se ha sabido precisar qué significa ”real”. La devoción popular lo ha entendido de una manera casi física. La teología metafísica lo ha explicado diciendo que permanecen los accidentes (forma, color, peso…) y cambia la substancia (ya no es pan sino el cuerpo y la sangre de Cristo) y el término “real” viene a significar “verdadero”, aunque no se puede explicar mejor. Esta presencia “real”, apoyada en la metafísica de Aristóteles ha llevado a la adoración del pan reservado en el Sagrario y a una concepción de la comunión más bien física. El pan comido por los fieles produce sus efectos “espirituales” una vez tragado y la presencia de Cristo en ellos dura lo que duran las especies sacramentales.

Deberíamos tener en cuenta que tomar prestados de Aristóteles los conceptos “substancia” y “accidente” tiene menos valor aún que tomar prestada del Antiguo Testamento la noción de sacrificio expiatorio. Pero en lo que se refiere a la “substancia” hay algo peor. La sustancia no existe, es solamente un concepto del que se vale Aristóteles en su explicación del ser, porque no sabe física ni química. Nadie usa hoy ese concepto, ni sirve para nada. Por tanto, es igualmente inútil para la “explicación” de la presencia de Jesús en el pan y el vino.
Además, aunque un concepto tomado de la filosofía (pagana) pueda ayudar, pueda agradar a algunos, nunca puede ser normativo, porque Aristóteles, ni ninguna filosofía, nunca puede ser dogma de fe y porque nadie está obligado a ser aristotélico. Lo mismo podemos decir de las naturalezas, hipóstasis y otros términos que hemos tomado de sistemas filosóficos varios, que no son el mensaje sino su ropaje, no son la fe sino su expresión filosófica.

La fe puede expresarse con instrumentos intelectuales varios, que nunca son la esencia de la fe sino su ropaje, y pueden cambiar. Hace ya años que el Catecismo Holandés propuso el término “transignificación” en vez de “transubstanciación”. A Roma le pareció insuficiente, pero a muchos les pareció más expresivo y lo siguen manteniendo. Y tampoco es más que una forma de explicar, que a muchos les parece más adecuada. Ninguno de los dos términos son dogma de fe, sino explicaciones de lo que creemos. Hay que recordar que ni Pedro ni Juan ni Pablo sabían nada de transubstanciación, ni de otros términos usados después por la teología. Hay que recordar igualmente que Tomás de Aquino, de quien proceden muchos de los términos de que ahora hablamos, fue considerado una intolerable novedad, y sufrió persecución por sus doctrinas. Más tarde, la Iglesia los aceptó y ahora son la manera oficial de explicar la fe. Pero no son la fe misma, sino un sistema de explicación.

Volviendo a la eucaristía: la iglesia romana ha preferido la imagen de Sacrificio a la de comida fraternal.
Pero aquí hay más que formas distintas de explicar. La cena fraternal es heredera directa de las celebraciones de los seguidores de Jesús. No un símbolo para explicar algo, sino algo real, continuación de las cenas de Jesús. En ella, el pan y el vino son para comer y beber y no transmiten la presencia de Cristo por una especie de poder mágico encerrado en ellos y liberado al ser comidos o bebidos, sino que significan y por eso producen la identificación con Jesús y la comunión con los hermanos. La imagen de sacrificio, al contrario, no es continuación de nada que celebraran las primeras comunidades sino una interpretación teológica de la muerte de Cristo tomada de ritos del Templo de Jerusalén. Y es perfectamente admisible que a muchos cristianos no les guste nada.

Nos damos cuenta de que hemos entrado en el terreno de las mediaciones. Entre Dios y nosotros hay un mediador, Jesús de Nazaret. En él se expresa, se deja ver, habla, Dios mismo. Éste es un pilar fundamental de la fe cristiana. Y Mediador significa alguien que pone en comunicación, que acerca, que pone en contacto. Pero buena parte de la teología se ha convertido en mediadora entre nosotros y Jesús. Entre Dios y nosotros, Jesús. Entre nosotros y Jesús, la teología metafísica. Creo que esta mediación no es correcta. No es mediación para acercar sino para alejar, para poner en medio un obstáculo. Entre Jesús y nosotros no hay más mediación que sus hechos y sus dichos, que son fáciles de explicar y de entender. Pero la Teología metafísica es una mediación que no nos acerca a Jesús, sino que lo aleja irremisiblemente, de manera que solamente los iniciados en metafísica pueden entender. Esto no es de Jesús.

Este alejamiento producido por las mediaciones se refleja bien en la celebración del Santo Sacrificio. También aquí, el sacerdote es mediador – intermedio entre los fieles y lo que se celebra. Es un intermedio alejador. En la cena fraterna no hacen falta mediadores porque la comunidad se reúne en el recuerdo del Señor, presente en la Palabra, sentido en la Oración, presente en el Signo. En el Santo Sacrificio de la Misa son necesarios los mediadores, los sacerdotes, los pontífices, es decir, los que se declaran puentes entre la comunidad y Cristo. Es una falsa mediación: no es mediación para acercar, sino para alejar. Primero se crea el barranco y luego los mismos que lo crean se declaran puentes. Pero la comunidad cristiana se ha dado cuenta de que los que se dicen puentes no lo son; son más bien el barranco mismo. Ni la teología metafísica, ni el sacrificio redentor ni los sacerdotes que lo ofician son puentes que unen a Jesús, sino barrancos que nos apartan de él. La comunidad cristiana se ha dado cuenta de que Jesús no está al otro lado, sino a este lado del barranco. Me parece altamente significativo el hecho de que las normas de la Iglesia exigían de los fieles la asistencia a Misa todos los domingos, bajo pena de pecado mortal (y se expresaba diciendo “oír misa entera…”) y comulgar solamente una vez al año.
Más aún, según las normas actualmente vigentes, una persona que asiste a misa el domingo, emplea el tiempo de las lecturas, oraciones y homilía en confesarse, y no comulga, ha cumplido correctamente el precepto dominical. Así se desprende de la “Redemptionis Sacramentum”.

Pues bien, muchos hoy en la Iglesia estamos convencidos de que la Teología Metafísica tuvo su época, que ya ha pasado, y que hay que volver a la teología parabólica, prescindiendo de las mediaciones filosóficas. Estamos convencidos de que El Santo Sacrificio de la Misa es una noción más bien Vetero-Testamentaria. Que los sacrificios del Templo no son buenos modelos para la celebración de la eucaristía, que el sacerdote-pontífice no acerca sino que aleja de Jesús, que los ritos del misal romano no nos ayudan sino que nos estorban para celebrar La Cena del Señor. Estamos convencidos de que la imagen de un Dios vestido de apariencias de pan tiene mucho de mágico, de físico, y de que la filosofía de Aristóteles no nos ayuda nada. Preferimos entender a Jesús diciendo que es grano de trigo enterrado y muerto, granos molidos para ser pan para todos. Preferimos decir que nos alimentamos de Jesús y sentirlo presente en la comunidad que celebra su cena como Jesús mismo la celebró.

La “Redemptionis Sacramentum” habla mucho de abusos en la celebración. Me parece que muchas formas y prácticas que se consideran abusos no lo son, sino más bien “correcciones de abusos”. Los abusos que se deben corregir son, por ejemplo:

* el protagonismo casi exclusivo del sacerdote en la celebración.
* el espectacular despliegue de riqueza en ornamentos, vasos sagrados, locales de culto.
* la utilización de la eucaristía como acto multitudinario y triunfalista, con asistencia pública de reconocidos no-creyentes y personas de comportamientos éticos ajenos al evangelio.
* la utilización de textos del Antiguo Testamento fuertemente contradictorios con las palabras y los hechos de Jesús, que se califican sin embargo como “Palabra de Dios” .
* la represión de toda espontaneidad, de toda participación real, de toda expresión de fe o de fraternidad que no esté prevista en el ritual.
* la imposición de formas rituales idénticas para todas las culturas y todas las situaciones.
* la concepción general de la eucaristía como misterio manejado por intermediarios autorizados, es decir, como alejamiento y sometimiento de los fieles a presuntos poderes sagrados.

Los denodados esfuerzos de algunos sectores de la Iglesia (jerarcas incluidos) para “volver atrás” en la celebración de la Cena del Señor, pero entendiendo por “atrás” a las tradiciones corruptas y concepciones obsoletas, no a Jesús, que es el “atrás” fundante, la raíz de la Tradición. Pienso que la costumbre de las primeras comunidades que celebraban la fracción del pan en las casas, aquellas comunidades que “se reúnen en casa de ….” y que tanto preocupan hoy a la jerarquía, pueden ser un camino excelente para recuperar la celebración de la eucaristía. Un camino para que toda la iglesia recupere su mayoría de edad, sienta el espíritu y lo comunique, y se comprometa más personalmente. Y no creo que hay oposición alguna entre estas celebraciones íntimas y la gran asamblea parroquial. Más bien pienso que ésta debe alimentarse de aquéllas.

ORACIONES PARA LA EUCARISTÍA
* Alrededor de tu mesa nos reunimos, Padre, tus hijos pecadores, abrumados por nuestra mediocridad, pero también hambrientos de tu Palabra y tu Pan. Gracias, Padre, porque siempre nos comprendes, nos perdonas, nos invitas a tu mesa.
* Que nuestro pan y nuestro vino ofrecidos en tu mesa signifiquen nuestro cuerpo, nuestra sangre, nuestra vida entera. Queremos que sea como la de Jesús, entregada para la vida de todos.
* Te damos gracias, Padre, por la Eucaristía que nos regalas. Gracias por el perdón, por la Palabra, por el Pan y por el Vino. Gracias sobre todo por tu mejor regalo, por Jesús, tu Hijo, nuestro Señor.
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EL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO    
 
LA FIESTA DEL CORPUS
La celebración tradicional de esta Fiesta se ha centrado en la Presencia real de Cristo en el pan y en el vino, llevando, como punto máximo de la celebración, a la adoración del Santísimo Sacramento, su exposición pública, la procesión en la custodia...  Estas manifestaciones han oscurecido notablemente el centro del mensaje, desplazando la celebración de la Eucaristía hacia una adoración del dios oculto, misteriosamente presente en el pan (el vino ha sido completamente desplazado en la fiesta tradicional).

En nuestro comentario a los textos y nuestra reflexión sobre los mismos vamos a prescindir de este sentido tradicional, para centrarnos en lo que los mismos textos sugieren, y en una reflexión preferente sobre la eucaristía.
T E X T O S
DEL LIBRO DEL GÉNESIS (14:18 20)
Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino. Era sacerdote del Dios Altísimo, y bendijo a Abrahán diciendo: ¡Bendito sea Abrahán de parte del Dios Altísimo, que creó el cielo y la tierra  y bendito sea el Dios Altísimo, que ha entregado a tus enemigos a tus manos!. Y Abrahán le dio el diezmo de todo.

DE LA PRIMERA CARTA DE PABLO A LOS CORINTIOS (11:23 26)
Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros: Haced esto en memoria mía.  Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:  Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre: Haced esto, cada vez que lo bebáis, en memoria mía  Por eso, cada vez que coméis este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

DEL EVANGELIO DE LUCAS (9; 11-17)
Jesús, tomándolos consigo, se retiró aparte, hacia una ciudad llamada Betsaida.  Pero las gentes lo supieron, y le siguieron; y él, acogiéndolas, les hablaba acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados.  Pero caía la tarde, y los Doce se acercaron a decirle: - Despide a la gente, que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado. Él les contestó: - Dadles vosotros de comer.  Ellos contestaron: - No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comparar para todo este gentío. (Porque eran unos cinco mil hombres). Jesús dijo a sus discípulos:- Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.  Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos.

TEMAS Y CONTEXTOS
EL TEXTO DEL GÉNESIS
Este texto presenta una antiquísima tradición. Melquisedec, Rey-Sacerdote de Salem (la primitiva Jerusalén, aún ciudad cananea), reconoce la acción de Dios en Abrahán. Y Abrahán reconoce la acción de Dios en este sacerdote cananeo. El signo del sacerdote es la presentación del pan y del vino. Abrahán por su parte le ofrece el diezmo. Son antecedentes lejanísimos que la iglesia gusta de utilizar en su ambientación de la Eucaristía, aunque a nosotros nos resultan demasiado lejanos.

EL TEXTO DE LA CARTA A LOS CORINTIOS
Esta carta de Pablo se escribe entre los años 54 y 57. Con esto queda claro que nos encontramos ante el relato más antiguo sobre la celebración de la eucaristía. La ocasión la dan las dificultades de la iglesia de Corinto, y su deficiente celebración de la Cena del Señor. La celebración se hacía en casas particulares, al terminar la cena normal. 
Cada uno llevaba sus alimentos, y se producían fuertes diferencias entre los ricos y los pobres, los que tenían mucho y los que tenían poco. Pablo, en primer lugar, devuelve el sentido de la celebración:
• Una tradición de la Iglesia que procede del mismo Señor.
• En la noche en que iba a ser entregado: El pan y el vino son signos de la entrega hasta la muerte, ya próxima.
•  El memorial. No es sólo un recuerdo. Es la presencia de Jesús, en los mismos signos que Él quiso.
•  Hasta que vuelva. Es el alimento para el camino, y el anuncio de la Libertad definitiva, en el Banquete del Reino.
• Después, Pablo saca las consecuencias de cómo debe celebrarse la eucaristía, y la aprovecha para hablar de la unidad de todo el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y de los carismas de cada uno, para terminar con el Carisma Supremo, el amor.
El texto nos introduce, por tanto, en la esencia de la eucaristía, tal como se nos ha transmitido desde la primera generación de cristianos, tal como se celebraba cuando aún estaban vivos los testigos de la Última Cena.

EL TEXTO DE LUCAS
Se incluye en un contexto cuyo tema general es la pregunta fundamental: ¿Quién soy Yo?. En los versos inmediatamente anteriores se dice: Unos decían que era Juan resucitado de la muerte; otros, que era Elías aparecido; otros, que había surgido un profeta de los antiguos”. Herodes comentaba: A Juan, yo le hice degollar, ¿quién será éste de quien oigo tales cosas?   Jesús sigue predicando a la gente y muestra, en este signo, quién es Él. El párrafo siguiente contiene la pregunta de Jesús a los discípulos, ¿Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?, y la profesión de Pedro, Tú eres el Mesías de Dios. Inmediatamente después, Jesús predice su muerte y resurrección, y, dando sentido a todo, el relato de la Transfiguración, que manifiesta a Jesús como el que ha de venir, el que anunciaron los profetas (Elías y Moisés), el Hijo.

La multiplicación de los panes y los peces tiene por tanto el sentido de anunciar en un signo evidente la presencia del Reino en Plenitud. Como El Señor dio de comer a su pueblo en el desierto (el maná, las codornices), como los profetas antiguos multiplicaron la harina y el aceite (Elías, Eliseo), Jesús se presenta como alimento abundante, como plenitud. Este texto, complejo y discutido, nos lleva a algunas consideraciones para entenderlo mejor.

1. La multiplicación de los panes es el único milagro que se narra en los cuatro evangelios.
2. Mateo y Marcos hablan de dos multiplicaciones de panes y peces. Todos los autores van estando de acuerdo en que se trata de dos relatos del mismo hecho.

3. Parece que Juan maneja fuentes propias, parecidas a los sinópticos, pero diferentes.
4. Como en todas las narraciones de Milagros, nuestro sentir actual se resiste. El Milagro nos produce más resistencia que fe. Sin embargo, todos los estudios serios coinciden en reconocer que ésta no es una narración fingida por las primeras comunidades como vehículo de una catequesis, sino que tiene una raíz histórica indudable. En un lugar deshabitado, Jesús dio de comer a mucha gente con unos pocos panes y peces.

5. Los evangelistas presentan este suceso como un hecho mesiánico, en varios sentidos. En sí mismo, y en paralelo con los relatos de otros milagros, como manifestación de la presencia del Reino: Ya está aquí la promesa. 
En sí mismo. En este sentido parece haber sido entendido el signo por los presentes, hasta el punto de querer hacer Rey a Jesús. Esto provoca la huida de Jesús, la posterior controversia en Cafarnaúm, la promesa del Pan de Vida, y el abandono de la gente desilusionada por este nuevo Mesías  no político, que termina en la frase de Jesús a los discípulos ¿También vosotros os queréis ir?
En paralelo claro con otros relatos bíblicos tales como el maná en el desierto, los panes de Eliseo, y bastantes otros, claramente aludidos por los narradores para interpretar el signo como abundancia, alimento de Dios en el desierto.

6. El sentido final de estos textos lo da el evangelio de Juan, que lo incluye en la gran catequesis del capítulo sexto acerca del pan de vida. Se ha interpretado este texto como una catequesis eucarística, pero debe entenderse más correctamente. Como indicábamos en la fiesta del Jueves Santo, la interpretación habitual se fija en que “este pan es Jesús”, pero el sentido original es más sencillo y más fuerte: “Jesús es pan”.
“Este pan es Jesús” conduce a una filosofía de la presencia de Cristo en las especies sacramentales, que lleva finalmente a la adoración.
“Jesús es pan” lleva a una definición básica de Jesús, entregado hasta dar la vida para ser alimento de muchos. Esto lleva a identificarse con Él y hacer de nuestra vida una entrega como la suya.
 
Pero el pasaje entero sirve para negar el mesianismo tradicional. Los signos que usa Jesús son importantes fijándonos sobre todo en los que no usa: Jesús se está manifestando como el Enviado de Dios; pero no usa como signo el legado poderoso, los atributos regios, los resplandores, las armas, los tronos, los vestidos: usa como signo el pan. Todas las religiones, Antiguo Testamento incluido, están dispuestos a reconocer a Dios en un templo suntuoso, en unos ornamentos espectaculares, en vasos sagrados de oro … Pero a Jesús no se le reconoce ahí.  Se reconoce a Dios en el pan, en el vino. Granos y espigas machacados para alimentar. Apenas podemos darnos cuenta, con nuestras mentes embotadas de tanta religión filosófica, de la trascendencia de ese cambio.  La multiplicación de los panes, las bodas de Caná, las palabras de la última cena, transmiten el mismo mensaje: alimentarse de Jesús, vivir en la abundancia de la Palabra, en la plenitud, comulgar con su entrega, comulgar con los hermanos, formar una comunidad que se siembre hasta desaparecer, para que haya vida.

REFLEXIÓN
JESÚS SE VIO COMO PAN. -   Tomen, coman  y beban: mi cuerpo es pan, mi sangre es vino.
Los ojos son un maravilloso instrumento, un prodigio de técnica asombroso… pero no son más que eso. 
Nos permiten captar la superficie de las cosas, la materia. Los ojos de Jesús eran capaces de leer las cosas hasta el fondo. Los ojos de Jesús le permitían ver a su Padre en todas las cosas, en la semilla, en el pastor, en la levadura, en los administradores, en la sal… en todo. Los ojos de Jesús entendían el mensaje de las cosas, leían La Palabra  en todo lo que veían.

Jesús, desde pequeño, admiraba el milagro del pan y del vino. Sabía su historia: los minúsculos granos de trigo tirados en tierra, desaparecidos, muertos – la sorpresa del pequeño brote verde, tan tímido – el prodigio de la espiga, esbelta y frágil, que va amarilleando al sol – la abundancia contenida, apretada, de las docenas de pequeños granos, hijo renacidos del viejo grano muerto y enterrado – el molino implacable, que parece matar sin piedad a los granos indefensos – la harina, la flor de harina tan pura que podía presentarse como ofrenda al Señor – y el milagro del pan. 
Jesús niño veía a su madre amasar, poner en la masa un pellizco de la del día anterior, dejar que reposara. Jesús niño llevaría la masa ya fermentada al horno común - ¿esperaría un poco o se iría a jugar, o a echarle una mano a José …? – y volvería a casa cantando, con la hogaza abrazada para sentir su calor, embriagado de su aroma, reprimiendo las ganas de darle un pellizco en el camino, cuesta arriba, de su casa empotrada en la roca. El milagro del pan, nacido de la muerte del grano de trigo. Nacido para morir y dar vida.

Partir el pan y repartirlo al empezar la comida… Esto lo haría José, bendiciendo al Señor por el don tan precioso. Y Jesús, con su trozo de hogaza en la mano, pensaba sin duda en el grano desaparecido meses antes en la tierra, multiplicado por la fuerza sagrada de su propia alma vegetal, por el poder y la sabiduría del Padre de los Cielos, que ahora, con el primer mordisco, iba a desaparecer para siempre y transformarse en su propio cuerpo

En Nazaret había viñedos. Cuidar las cepas, podarlas, quitarles los parásitos… esperar al otoño, que la vendimia es la última de las recolecciones. Y la fiesta. La vendimia ha sido siempre en todas partes tiempo de fiesta. Arrancar los racimos, como mutilando a las vides generosas, acarrearlos al lagar. Los ojos de Jesús se llenaron muchas veces de la imagen de los granos oscuros pisoteados, sangrantes, aplastados por los pies de todos, los suyos propios también sin duda, y de su sangre oscura derramada, embriagadora.
Y echar un trago para quitar la sed, para entonarse un poco, brindar con los amigos para estrechar la amistad, para celebrar mejor la fiesta… Jesús asistía a bodas, como todo el mundo. Y no hay boda sin fiesta, y no hay fiesta sin vino. La copa pasaba de mano en mano, en gesto de comunión en la alegría. Cuando los ojos de Jesús se asomaban al borde de la copa, adelantando a sus labios, veía en el rojo espejo del vino la historia de aquella sangre de los granos de uva, arrancados a su madre la vid, que dentro de nada se juntarían a su propia sangre para hacerla caliente y generosa, encendida y festiva como el vino mismo.

Jesús se comprendió en el pan, se comprendió en el vino. Sembrarse, madurar escondido y en silencio, sumergirse hasta el fondo de la madre tierra y de sus hijos los hombres, las mujeres, los niños, los enfermos… que son tierra fecunda, masa blanda, jugo lleno de vida quizá por fermentar. Ser para otros  alimento y alegría. Desaparecer en los otros, fundido en lo más íntimo del ser ajeno, alentando, dando calor y fuerza desde dentro.

No sabemos cuándo ni cómo supo Jesús que para eso estaba en el mundo: para sembrarse, para morir en el invierno bajo tierra, para ser pisado y estrujado hasta que no quedase de él más que un pellejo sin nada que exprimir. No sabemos cuándo ni cómo, pero sabemos que se sentía así cuando decía de sí mismo que era un pan que el Padre daba para alimento de muchos, cuando devolvía la alegría a la fiesta de Caná regalando buen vino en abundancia.
Y unas horas antes de morir, en la cena que él sabía que iba a ser la última, Jesús se vio a sí mismo, encima de la mesa, en forma de pan, en forma de vino. Y lo dijo:  ”mi cuerpo entregado es pan, mi sangre derramada es vino” . Era ya de noche, hablaron mucho rato. Jesús se puso al fin de pie y les dijo: “Levantaos, vámonos de aquí”.  Y él sabía que iba al molino, al lagar, a ser machacado y estrujado para ser pan y vino de muchos.  Y las palabras para el futuro: “haced esto en mi recuerdo”. “Esto” es compartir el pan y el vino en torno a la mesa, comulgar con Jesús y con todos los que comulgan con Jesús, formar un solo pan, un solo vino para alimento del mundo.

Los seguidores de Jesús hemos heredado su respeto por el pan. Nuestros abuelos nunca cortaban una hogaza sin haber hecho sobre ella, con el mismo cuchillo, la señal de la cruz.  Y una vez al año, hoy, CORPUS CHRISTI, nos quedamos sobrecogidos en la contemplación del pan y del vino, y volvemos a ver en ellos el cuerpo molido y la sangre estrujada de Jesús, como Él mismo se vio, sobre la última mesa, en su última cena con sus amigos.

PARA RECITAR JUNTOS
Recitamos juntos palabras de Jesús, como un acto de fe, como una adhesión personal.

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda solo.
Pero si cae en tierra y muere da mucho fruto.

El que busca su vida, la echa a perder,
el que entrega su vida, la encuentra.

Yo soy un pan que da vida
el que come de este pan tiene vida eterna.

El que bebe de esta agua volverá a tener sed.
Pero el que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed,
pues el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en manantial de agua viva
que brota dando vida eterna.

Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos.

EL SACRIFICIO Y LA PRESENCIA REAL
La fiesta del Corpus se ha ido centrando, a lo largo del tiempo, en la adoración del Santísimo Sacramento, es decir, el reconocimiento y veneración del pan consagrado que ya no es pan sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Quizá sea oportuno hacer hoy algunas consideraciones sobre este tema. En él subyace una manera de entender y explicar la Eucaristía y el sacrificio de la Misa.  Es frecuente, en terminología clásica, hablar de “el santo sacrificio de la Misa”. Más aún, la última instrucción vaticana (“Redemptionis Sacramentum”) sobre los abusos en la celebración eucarística insiste preferentemente sobre este aspecto. 

Hay en la iglesia hoy dos tendencias en la interpretación de la eucaristía:
• La que la considera ante todo banquete, la cena del señor que sus discípulos siguen celebrando.
• La que la considera ante todo como sacrificio, renovación sacramental del sacrificio de Cristo.

La primera es ante todo una reunión fraternal, en la que la comunidad que sigue a Jesús se alimenta de la Palabra, de la Oración, del Perdón, y renueva su entrega al Reino comulgando con Jesús con los mismos signos que Él eligió. 
La segunda ante todo es un rito celebrado por representantes de Cristo, que ofrecen de nuevo a Dios la víctima inmolada por los pecados. 

La primera es la continuación histórica de “la fracción del pan”, llamada también “la cena del Señor” celebrada por las casas en las primeras comunidades, de la que tenemos constancia por los Hechos de Apóstoles y las Cartas de Pablo. 
La segunda es una interpretación teológica, que hace de la celebración una renovación sacramental del sacrificio de Cristo en la cruz. – (Este modelo es el que tiene preferencia en la teología tradicional-tridentina, el que se detalla en el ritual, y el que se prefiere en la instrucción vaticana).

Sin embargo, no es más que una interpretación teológica, de la que se puede prescindir porque es elaboración humana. Se incluye en una serie de expresiones tenidas por dogmáticas, pero que sólo son modos más bien filosóficos o religiosos de explicar la fe. A esta serie pertenece la explicación de la Encarnación y la Divinidad de Cristo por medio de los conceptos de Naturaleza, Persona, Hipóstasis; la explicación de la Santísima Trinidad por medio de Substancia única y pluralidad de Personas; la explicación de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía por medio de los conceptos de Substancia y Accidentes, y otras varias. Conviene recordar que todas estas explicaciones son intentos de explicar lo que creemos, tomados por la Iglesia a lo largo de los tiempos de muchas fuentes, especialmente de sistemas filosóficos griegos. Pueden ser útiles y son venerables porque han servido a la Iglesia durante mucho tiempo; pero no son más que eso.

La interpretación de la muerte en cruz como Sacrificio es una manera judaica de interpretar y explicar la muerte de Cristo. Se toma como referente los sacrificios del Templo de Jerusalén, especialmente los sacrificios expiatorios, en que un animal es sacrificado en el altar por los pecados del pueblo. Se entiende así a Jesús como la Víctima por cuya muerte nuestros pecados son perdonados. Esta interpretación ha sido común en la Iglesia, y está constantemente presente en las expresiones del Misal Romano. 

Sin embargo, para muchos creyentes, es bastante insatisfactoria, por varias razones:
**Porque parece que Dios exige cobrar para perdonar, y porque el precio que cobra – la muerte en cruz de su Hijo – es atroz. Parece que el salvador es el Hijo, mientras que el Padre es sólo el justo Juez, que exige que se paguen penas por los pecados cometidos.
**Porque parece que es la muerte de Jesús lo que salva, y no su vida entera.
**Porque parece que sustituye el antiguo templo y los antiguos ritos por un nuevo templo y unos nuevos ritos, cuando en los Evangelios y en los Hechos hay muy poco pie para esta interpretación. 
**Porque esta interpretación ha llevado de hecho a una celebración en la que los fieles apenas hacen otra cosa que asistir a un rito celebrado por los sacerdotes, y aunque siempre se habla de participar, esto son casi sólo palabras, de manera que se llega a admitir que el sacerdote celebre a solas. (De paso, hay que recordar que en los Hechos no aparece la figura del sacerdote como “celebrador” de la eucaristía)
Todo esto exigiría una revisión teológica a fondo del concepto de “Redención”, que tiene todos los peligros que se han expuesto.  En el fondo de estas cuestiones subyace otra, más importante. Que la Teología cristiana ha pasado del mundo vital/simbólico al mundo jurídico/conceptual.  Lo indicamos con algunos ejemplos.

“Abbá” es una expresión de Jesús que manifiesta su actitud y sus sentimientos ante Dios. Se siente como un hijo ante sus estupendos padres, como se sentía ante José y María. Pero el Dios Padre de nuestro Credo y nuestra teología no es Abbá, cariñoso y cercano, sino el Creador Todopoderoso, lejano, trascendente y temible. Jesús no estaba definiendo teológicamente a Dios, sino expresando su relación con Él por medio de una comparación, un símbolo. De la misma manera, Jesús se siente hijo ante Abbá, pero la Teología ha convertido la filiación en una definición de la segunda persona de la trinidad. La misma transformación ha sufrido el Espíritu Santo. 

El espíritu es el viento, el aliento vital. El espíritu, el viento, el aliento vital de Dios es la presencia activa de Dios en el mundo, en las personas, el que llama a la misión, el que inspira, el que da fortaleza. Es Dios alentando, suscitando, inspirando. Pero se ha convertido en la tercera persona de la Trinidad. Ha dejado de ser un símbolo de la presencia activa de Dios para convertirse en un concepto, una realidad distinta del Padre. 

Y así “Creo en Dios Padre” significa “creo en la primera persona de la Santísima Trinidad, el Creador Todopoderoso, Legislador y Juez…” Mientras que debería significar: “Creo que el Creador Todopoderoso… es Abbá, mi mamá”. 
Y así decimos que el Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”, pero no decimos: “creo que mi vida, y la vida de Jesús, están llenas del aliento de Dios, que inspira, alienta y fortalece”.  Hemos transformado los símbolos en conceptos, y así hemos logrado que sean misterios sólo asequibles para los eminentes teólogos … y que resulten poco menos que estériles para la espiritualidad de la gente normal.

La interpretación de la muerte de Jesús como sacrifico es una imagen tomada de los sacrificios del Antiguo Testamento. Y es una imagen, sólo una imagen. Pero ha sido transformada: la imagen sustituye a la realidad y se convierte ella misma en realidad. Con ello, la esencia de la muerte en cruz no está en la entrega de Jesús a su misión, su consecuencia y su valor que le hacen llegar hasta el final, sino la eterna disposición de Dios que lo elige como víctima y se vale de la maldad de unas personas para que se consume un misterioso sacrificio. La salvación se convierte en algo jurídico, un decreto de perdón emitido por el Juez declarando pagadas las culpas.   Buena parte de la teología tradicional escolástica y postridentina interpreta los símbolos como conceptos, habla del perdón en términos jurídicos, aplica nociones del Antiguo Testamento para entender a Jesús … Y a muchas personas no nos gusta.

La muerte de Cristo como sacrificio de una víctima para conseguir el perdón de Dios nos parece una imagen desafortunada. Y en consecuencia, la interpretación de la Eucaristía como renovación de ese sacrificio no nos parece la manera más adecuada de entenderla. Semejantes consideraciones son aplicables a la presencia “real” de Cristo en el pan eucarístico. Nunca se ha sabido precisar qué significa  ”real”. La devoción popular lo ha entendido de una manera casi física. La teología metafísica lo ha explicado diciendo que permanecen los accidentes (forma, color, peso…) y cambia la substancia (ya no es pan sino el cuerpo y la sangre de Cristo) y el término “real” viene a significar “verdadero”, aunque no se puede explicar mejor.  Esta presencia “real”, apoyada en la metafísica de Aristóteles ha llevado a la adoración del pan reservado en el Sagrario y a una concepción de la comunión más bien física. El pan comido por los fieles produce sus efectos “espirituales” una vez tragado y la presencia de Cristo en ellos dura lo que duran las especies sacramentales.

Deberíamos tener en cuenta que tomar prestados de Aristóteles los conceptos “substancia” y “accidente” tiene menos valor aún que tomar prestada del Antiguo Testamento la noción de sacrificio expiatorio. Pero en lo que se refiere a la “substancia” hay algo peor. La sustancia no existe, es solamente un concepto del que se vale Aristóteles en su explicación del ser, porque no sabe física ni química. Nadie usa hoy ese concepto, ni sirve para nada. Por tanto, es igualmente inútil para la “explicación” de la presencia de Jesús en el pan y el vino. 
Además, aunque un concepto tomado de la filosofía (pagana) pueda ayudar, pueda agradar a algunos, nunca puede ser normativo, porque Aristóteles, ni ninguna filosofía, nunca puede ser dogma de fe y porque nadie está obligado a ser aristotélico. Lo mismo podemos decir de las naturalezas, hipóstasis y otros términos que hemos tomado de sistemas filosóficos varios, que no son el mensaje sino su ropaje, no son la fe sino su expresión filosófica. 

La fe puede expresarse con instrumentos intelectuales varios, que nunca son la esencia de la fe sino su ropaje, y pueden cambiar. Hace ya años que el Catecismo Holandés propuso el término “transignificación” en vez de “transubstanciación”. A Roma le pareció insuficiente, pero a muchos les pareció más expresivo y lo siguen manteniendo. Y tampoco es más que una forma de explicar, que a muchos les parece más adecuada. Ninguno de los dos términos son dogma de fe, sino explicaciones de lo que creemos. Hay que recordar que ni Pedro ni Juan ni Pablo sabían nada de transubstanciación, ni de otros términos usados después por la teología. Hay que recordar igualmente que Tomás de Aquino, de quien proceden muchos de los términos de que ahora hablamos, fue considerado una intolerable novedad, y sufrió persecución por sus doctrinas. Más tarde, la Iglesia los aceptó y ahora son la manera oficial de explicar la fe. Pero no son la fe misma, sino un sistema de explicación. 

Volviendo a la eucaristía: la iglesia romana ha preferido la imagen de Sacrificio a la de comida fraternal. 
Pero aquí hay más que formas distintas de explicar. La cena fraternal es heredera directa de las celebraciones de los seguidores de Jesús. No un símbolo para explicar algo, sino algo real, continuación de las cenas de Jesús. En ella, el pan y el vino son para comer y beber y no transmiten la presencia de Cristo por una especie de poder mágico encerrado en ellos y liberado al ser comidos o bebidos, sino que significan y por eso producen la identificación con Jesús y la comunión con los hermanos.   La imagen de sacrificio, al contrario, no es continuación de nada que celebraran las primeras comunidades sino una interpretación teológica de la muerte de Cristo tomada de ritos del Templo de Jerusalén. Y es perfectamente admisible que a muchos cristianos no les guste nada. 

Nos damos cuenta de que hemos entrado en el terreno de las mediaciones. Entre Dios y nosotros hay un mediador, Jesús de Nazaret. En él se expresa, se deja ver, habla, Dios mismo. Éste es un pilar fundamental de la fe cristiana. Y Mediador significa alguien que pone en comunicación, que acerca, que pone en contacto. Pero buena parte de la teología se ha convertido en mediadora entre nosotros y Jesús.   Entre Dios y nosotros, Jesús. Entre nosotros y Jesús, la teología metafísica. Creo que esta mediación no es correcta. No es mediación para acercar sino para alejar, para poner en medio un obstáculo. Entre Jesús y nosotros no hay más mediación que sus hechos y sus dichos, que son fáciles de explicar y de entender. Pero la Teología metafísica es una mediación que no nos acerca a Jesús, sino que lo aleja irremisiblemente, de manera que solamente los iniciados en metafísica pueden entender. Esto no es de Jesús. 

Este alejamiento producido por las mediaciones se refleja bien en la celebración del Santo Sacrificio. También aquí, el sacerdote es mediador – intermedio entre los fieles y lo que se celebra. Es un intermedio alejador. En la cena fraterna no hacen falta mediadores porque la comunidad se reúne en el recuerdo del Señor, presente en la Palabra, sentido en la Oración, presente en el Signo. En el Santo Sacrificio de la Misa son necesarios los mediadores, los sacerdotes, los pontífices, es decir, los que se declaran puentes entre la comunidad y Cristo. Es una falsa mediación:  no es mediación para acercar, sino para alejar. Primero se crea el barranco y luego los mismos que lo crean se declaran puentes.  Pero la comunidad cristiana se ha dado cuenta de que los que se dicen puentes no lo son; son más bien el barranco mismo. Ni la teología metafísica, ni el sacrificio redentor ni los sacerdotes que lo ofician son puentes que unen a Jesús, sino barrancos que nos apartan de él. La comunidad cristiana se ha dado cuenta de que Jesús no está al otro lado, sino a este lado del barranco.   Me parece altamente significativo el hecho de que las normas de la Iglesia exigían de los fieles la asistencia a Misa todos los domingos, bajo pena de pecado mortal  (y se expresaba diciendo “oír misa entera…”) y comulgar solamente una vez al año. 
Más aún, según las normas actualmente vigentes, una persona que asiste a misa el domingo, emplea el tiempo de las lecturas, oraciones y homilía en confesarse, y no comulga, ha cumplido correctamente el precepto dominical. Así se desprende de la “Redemptionis Sacramentum”. 

Pues bien, muchos hoy en la Iglesia estamos convencidos de que la Teología Metafísica tuvo su época, que ya ha pasado, y que hay que volver a la teología parabólica, prescindiendo de las mediaciones filosóficas. Estamos convencidos de que El Santo Sacrificio de la Misa es una noción más bien Vetero-Testamentaria. Que los sacrificios del Templo no son buenos modelos para la celebración de la eucaristía, que el sacerdote-pontífice no acerca sino que aleja de Jesús, que los ritos del misal romano no nos ayudan sino que nos estorban para celebrar La Cena del Señor.  Estamos convencidos de que la imagen de un Dios vestido de apariencias de pan tiene mucho de mágico, de físico, y de que la filosofía de Aristóteles no nos ayuda nada. Preferimos entender a Jesús diciendo que es grano de trigo enterrado y muerto, granos molidos para ser pan para todos. Preferimos decir que nos alimentamos de Jesús y sentirlo presente en la comunidad que celebra su cena como Jesús mismo la celebró.

La “Redemptionis Sacramentum” habla mucho de abusos en la celebración. Me parece que muchas formas y prácticas que se consideran abusos no lo son, sino más bien “correcciones de abusos”.  Los abusos que se deben corregir son, por ejemplo:

* el protagonismo casi exclusivo del sacerdote en la celebración.
* el espectacular despliegue de riqueza en ornamentos, vasos sagrados, locales de culto.
* la utilización de la eucaristía como acto multitudinario y triunfalista, con asistencia pública de reconocidos no-creyentes    y personas de comportamientos éticos ajenos al evangelio.
* la utilización de textos del Antiguo Testamento fuertemente contradictorios con las palabras y los hechos de Jesús, que se califican sin embargo como “Palabra de Dios” .
* la represión de toda espontaneidad, de toda participación real, de toda expresión de fe o de fraternidad que no esté prevista en el ritual.
* la imposición de formas rituales idénticas para todas las culturas y todas las situaciones.
* la concepción general de la eucaristía como misterio manejado por intermediarios autorizados, es decir, como alejamiento y sometimiento de los fieles a presuntos poderes sagrados. 

Los denodados esfuerzos de algunos sectores de la Iglesia (jerarcas incluidos) para “volver atrás” en la celebración de la Cena del Señor, pero entendiendo por “atrás” a las tradiciones corruptas y concepciones obsoletas, no a Jesús, que es el “atrás” fundante, la raíz de la Tradición.  Pienso que la costumbre de las primeras comunidades que celebraban la fracción del pan en las casas, aquellas comunidades que “se reúnen en casa de ….” y que tanto preocupan hoy a la jerarquía, pueden ser un camino excelente para recuperar la celebración de la eucaristía. Un camino para que toda la iglesia recupere su mayoría de edad, sienta el espíritu y lo comunique, y se comprometa más personalmente.  Y no creo que hay oposición alguna entre estas celebraciones íntimas y la gran asamblea parroquial. Más bien pienso que ésta debe alimentarse de aquéllas. 

ORACIONES PARA LA EUCARISTÍA
* Alrededor de tu mesa nos reunimos, Padre, tus hijos pecadores, abrumados por nuestra mediocridad, pero también hambrientos de tu Palabra y tu Pan. Gracias, Padre, porque siempre nos comprendes, nos perdonas, nos invitas a tu mesa.
* Que nuestro pan y nuestro vino ofrecidos en tu mesa signifiquen nuestro cuerpo, nuestra sangre, nuestra vida entera. Queremos que sea como la de Jesús, entregada para la vida de todos. 
* Te damos gracias, Padre, por la Eucaristía que nos regalas. Gracias por el perdón, por la Palabra, por el Pan y por el Vino. Gracias sobre todo por tu mejor regalo, por Jesús, tu Hijo, nuestro Señor.

RED MUNDIAL DE ORACIÓN DEL PAPA, UNA PARTICIPACIÓN EN LA DINÁMICA DEL CORAZÓN DE JESÚS. ... See MoreSee Less

RED MUNDIAL DE ORACIÓN DEL PAPA, UNA PARTICIPACIÓN EN LA DINÁMICA DEL CORAZÓN DE JESÚS.

LA ADORACIÓN DEL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS

El Corazón de Jesús comenzó a latir en armonía con el Corazón Inmaculado de María en las entrañas de la Santísima Virgen. El Corazón de san José, “custodio de los Corazones de Jesús y María”, en unión con el Corazón de María fueron los primeros adoradores del Corazón de Jesús en el seno virginal de María, en la noche de Belén, durante toda su vida mortal y eternamente en el Cielo. Pues bien, el Corazón de Jesús palpita escondido en la Hora Santa. Jesús mismo, verdadero Dios y verdadero hombre, está ahí, vivo, real y sustancialmente presente bajo las especies consagradas del pan y vino.

Jesús, sin embargo, no viene a quedarse en el copón y en el cáliz, quiere venir a nuestro corazón, como nos enseña santa Teresita. Es una llamada universal, a todos: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54). Eso sí, debemos estar bien dispuestos para recibir a Jesús.

El Señor “nos ama hasta el extremo” y “permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Así, en el sacramento de la Eucaristía se renueva el sacrificio redentor de Cristo, su pasión, muerte y resurrección. En palabras de san Pío de Pietrelcina: “En la Misa está todo el Calvario”. Por la invocación al Padre para que haga descender el don del Espíritu y por la proclamación eficaz de las mismas palabras de la institución eucarística pronunciadas por el sacerdote que actúa in persona Christi capitis, lo que antes era pan y vino se convierte en el cuerpo y la sangre de Jesús, es el misterio de la Transubstanciación, esto es, los accidentes permanecen y la sustancia cambia.

Ese amor sin límites debe suscitar en nosotros el amor como respuesta. Amor con amor se paga. Pero ¿cómo podemos corresponder a ese amor? La cima de nuestro amor ofrecido junto al de Cristo en su pasión y muerte, seguros de que así llegaremos a la resurrección con Él. En otras palabras: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Nuestro amor a Dios se manifiesta diariamente aceptando su voluntad, conformando nuestra voluntad a la suya, es lo que Claudio De La Colombière denomina “el abandono confiado a la Divina Providencia”.

Otro modo de amar a Dios que se encuentra perfectamente entrelazado con el amor en la prueba, amor hasta la muerte, y el amor que se abandona confiadamente a la Divina Providencia, es el amor de Jesús cuando le adoramos. Precisamente en esta comunicación se tratará de este amor a Cristo-Amor-Eucaristía que intenta corresponder al amor infinito de Dios. La adoración del Corazón de Jesús presente en la Eucaristía comienza en la Santa Misa y se prolonga ante Jesús expuesto en la custodia o reservado en el sagrario. Acudiendo a Jesús sacramentado, le consolamos, según el carisma del beato Francisco Marto, y también reparamos nuestros pecados y los del mundo entero, siguiendo el carisma de la beata Jacinta Marto, al tiempo que le bendecimos, le agradecemos por todos los dones y le pedimos lo que necesitamos. Le tratamos como nuestro Redentor y amigo, de Corazón a corazón. Dios que se hace hombre por nosotros, que está vivo en la Eucaristía, tiene sed de nuestro amor, tiene sed de almas, tiene sed de que le conozcamos a Jesús, segunda persona de la Santísima Trinidad, y al Padre, que con el amor infinito en el Espíritu Santo.

El encuentro con Jesús-Eucaristía debe también llevarnos a amar al prójimo, especialmente al más necesitado, incluso al enemigo y, si es voluntad de Dios, pagándolo con la propia vida.

Joxe Mari Azcoaga Lasheras.
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LA ADORACIÓN DEL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS

El Corazón de Jesús comenzó a latir en armonía con el Corazón Inmaculado de María en las entrañas de la Santísima Virgen. El Corazón de san José, “custodio de los Corazones de Jesús y María”, en unión con el Corazón de María fueron los primeros adoradores del Corazón de Jesús en el seno virginal de María, en la noche de Belén, durante toda su vida mortal y eternamente en el Cielo. Pues bien, el Corazón de Jesús palpita escondido en la Hora Santa. Jesús mismo, verdadero Dios y verdadero hombre, está ahí, vivo, real y sustancialmente presente bajo las especies consagradas del pan y vino.

Jesús, sin embargo, no viene a quedarse en el copón y  en el cáliz, quiere venir a nuestro corazón, como nos enseña santa Teresita. Es una llamada universal, a todos: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54). Eso sí, debemos estar bien dispuestos para recibir a Jesús.

El Señor “nos ama hasta el extremo” y “permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Así, en el sacramento de la Eucaristía se renueva el sacrificio redentor de Cristo, su pasión, muerte y resurrección. En palabras de san Pío de Pietrelcina: “En la Misa está todo el Calvario”. Por la invocación al Padre para que haga descender el don del Espíritu y por la proclamación eficaz de las mismas palabras de la institución eucarística pronunciadas por el sacerdote que actúa in persona Christi capitis, lo que antes era pan y vino se convierte en el cuerpo y la sangre de Jesús, es el misterio de la Transubstanciación, esto es, los accidentes permanecen y la sustancia cambia.

Ese amor sin límites debe suscitar en nosotros el amor como respuesta. Amor con amor se paga. Pero ¿cómo podemos corresponder a ese amor? La cima de nuestro amor ofrecido junto al de Cristo en su pasión y muerte, seguros de que así llegaremos a la resurrección con Él. En otras palabras: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Nuestro amor a Dios se manifiesta diariamente aceptando su voluntad, conformando nuestra voluntad a la suya, es lo que Claudio De La Colombière denomina “el abandono confiado a la Divina Providencia”.

Otro modo de amar a Dios que se encuentra perfectamente entrelazado con el amor en la prueba, amor hasta la muerte, y el amor que se abandona confiadamente a la Divina Providencia, es el amor de Jesús cuando le adoramos. Precisamente en esta comunicación se tratará de este amor a Cristo-Amor-Eucaristía que intenta corresponder al amor infinito de Dios. La adoración  del Corazón de Jesús presente en la Eucaristía comienza en la Santa Misa y se prolonga ante Jesús expuesto en la custodia o reservado en el sagrario. Acudiendo a Jesús sacramentado, le consolamos, según el carisma del beato  Francisco Marto, y también reparamos nuestros pecados y los del mundo entero, siguiendo el carisma de la beata Jacinta Marto, al tiempo que le bendecimos, le agradecemos por todos los dones y le pedimos lo que necesitamos. Le tratamos como nuestro Redentor y amigo, de Corazón a corazón. Dios que se hace hombre por nosotros, que está vivo en la Eucaristía, tiene sed de nuestro amor, tiene sed de almas, tiene sed de que le conozcamos a Jesús, segunda persona de la Santísima Trinidad, y al Padre, que con el amor infinito en el Espíritu Santo.

El encuentro con Jesús-Eucaristía debe también llevarnos a amar al prójimo, especialmente al más necesitado, incluso al enemigo y, si es voluntad de Dios, pagándolo con la propia vida.

Joxe Mari Azcoaga Lasheras.
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